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¿Qué me apetece leer hoy?

Enciende tu imaginación

Nueve minutos

−Háblame de Elsa Origoska −fue la primera y única frase que escupió.

El poli malo dice llamarse Sean o Shaun, es difícil saberlo con ese tono grave escocés. Lo que está claro es que que este es el poli malo. El bueno, Jim, había salido dos minutos y treinta segundos antes a por café (incluso me preguntó cómo me apetecía tomarlo, el muy imbécil). Seguir leyendo “Nueve minutos”

El arte de escribir

Sobre el arte de escribir hay tanto escrito que es fácil perderse en mandamientos, consejos, claves, decálogos de lo correcto, normas de lo prohibido, eteces varios. Por eso rara vez leí algo antes de escribir, y es que comencé a los 17 supongo que por no disponer de otros medios más modernos para distraerme (creo que en aquella época era la Nintendo 64).

Y leía, más que ahora la verdad, y veía pelis del videoclub, menos que ahora, la verdad. Total, es caso es que pensaba en eso de escribir y decía: tiene que molar (esto fue mucho antes de pensar en profesiones ligadas a la escritura, ni siquiera pensaba que se considerase profesional escribir sino una suerte de genialidad que unos pocos estaban destinados a hacer). Seguir leyendo “El arte de escribir”

Llegas tarde

Llegas tarde a la vida, por andar sentado cuando todos corren. Llegas tarde a clase, cuando te detienes a divagar sobre la vida y la muerte ante un pájaro caído en el suelo. Y no aprendes como el resto. Y no podrás aprender como ellos nunca más. Seguir leyendo “Llegas tarde”

El detector siempre suena

Sofia, Bulgaria, 2017. Haciendo un Servicio de Voluntariado Europeo. Como cualquier otro buen ciudadano de la Unión Europea apliqué para participar en uno de estos proyectos que promueven el intercambio cultural, la integración, la experiencia entre distintos países de los estados miembros.

Esta mañana, ahora mismo, me preguntan, por quinta vez en seis meses, por mi tarjeta de identidad en el metro. No le daría tanta importancia cualquier otro día, en cualquier otro momento. Pero es la quinta vez que me lo piden, y todas esas veces viajaba sin la compañía de los otros voluntarios. Y no es lo único. Seguir leyendo “El detector siempre suena”

Página en blanco

No me da miedo la página en blanco, no, me asusta más el blanco de la nieve. La nieve en mis recuerdos. Jóvenes y viejos al mismo tiempo. Congelados, y vivos, en un tiempo atascado de mi memoria. Esa nieve que visito a veces, cuando más frío tengo. A esa nieve le temo. Esa nieve visito. Tratando de imitar esa sonrisa, entender esa lágrima suspendida en el hielo del tiempo. Tan pronto la veo, se va. El recuerdo, el sueño. Se va, todo. Y solo queda ese blanco. Como una página nueva donde escribir recuerdos. Y esa página, a esa página no puedo temerla.

El arte de ser seguidos

¡Sígueme! Usa mi hastag, etiquetame, comenta, comparte, por el amor de dios, ¡comparte! Mírame, aquí estoy. Suscríbete. Daleme gusta ¿tanto te cuesta? Vótame. Que no bótame. Eso ni hablarlo. Sólo sígueme, cógete de la mano de mi verdad y hazte eco. Pues “Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que CREA en mi no permanezca en las tinieblas” (Jesús de Nazaret, eso se dice, yo no estaba allí). Internet nos ha convertido a todos en mesias. Y com buen ateo, vengo a quejarme de eso. Seguir leyendo “El arte de ser seguidos”

Mitad madre, mitad puta

No he conocido en mi vida una furcia más descarada, que viene y me toca, y me atrapa, cuando menos la espero. Me seduce y me embarga. Aunque sea deleitándome con los restos de nieve que caen como meteoros de los árboles desnudos en este invierno tan de hielo, tan de otro país. O dándole caza a una luna tímida en una noche oscura. A veces me encuentra en el metro, con el cuerpo apretado entre una multitud ajena a mis ojos perdidos en el cristal, dando forma a las sombras de su reflejo. A veces se mete en mi cama, cuando ni el sueño ni el descanso parecen querer acostarse conmigo. Seguir leyendo “Mitad madre, mitad puta”

Borrones

Martin, que se miraba al espejo sin ver su reflejo. Un borrón y un dolor de cuello. Eso tampoco podía verlo, pero lo sentía. Como no podía ver cuánto la echaba de menos. Y bien que lo sentía. Echa el vaho en el cristal y pasa la mano con suavidad en un intento de limpiarlo. Nada. Sólo ese estúpido borrón. Un borrón y un dolor de cuello ¿es ese él mismo? ¿ese es Martín en el espejo? ¿su reflejo?

¿Dónde la habrá dejado? ¿por qué la extrañará tanto? No estaba en la cocina, ni en el baño. No había salido a comprar, ni a ver a una amiga, ni a casa de su hermana ¿dónde la había dejado? ¿dónde se había metido? Seguir leyendo “Borrones”

Nuestros labios nunca se tocaron, porque mi boca sabe a maldades y canciones no escritas, y la tuya sabe a besos

El dedal de Doña Elena

Tres dedales en la encimera. Uno de metal, uno de madera y uno de porcelana china, aunque este último nunca lo usó en realidad. Sólo fue un souvenir de algún lugar que jamás visitaría. Y aún en esas eran los tres tesoros más valiosos de Doña Elena. Moño de plata hasta el techo, el labio fruncido en una pose de arrugas imposibles. Pero más imposibles eran sus manos tersas a sus ochenta y siete años. Seguir leyendo “El dedal de Doña Elena”

Una relación extraña

Era una relación extraña, porque sólo podía tocarla en la distancia. Para verla una y otra vez a lo lejos. Proyectada en todo su esplendor, mágica y hermosa. Muda a veces y escandalosa a ratos. Ella que le hacía llorar y reír por igual, y siempre lo dejaba intrigado hasta el final. Era una relación extraña. Porque él la amaba y ella no se sabía dejar amar. Sólo exhibirse ante todos. Probablemente nunca supo cuánto la quiso, con qué tacto la cuidó, con qué ansias la esperó. Una y otra vez. Cómo la miraba entre bastidores, tímido y en silencio. Y ella, tan espectacular como siempre. Pagaría cualquier precio por verla de nuevo. Pero él no era como el resto. No necesitaba pagar por su presencia. Pues sólo él sabía cómo hacerla brillar.

Lubenya

Lubenya, la de las uñas largas que siempre lleva algún esmalte. Se sienta cada mañana en el mismo banco del parque. Y ya no se sabe quien sale antes, si el sol o ella. Lubenya, que se viste y se arregla cada mañana como si tuviera prisas por ir a alguna parte. No la ves dar de comer a los pájaros, ni acariciar a los chuchos que se le acercan a olerla, como si fuera un viejo monumento. Lubenya, la cara repleta de arrugas. Y no de sonreír, desde luego. No saluda a nadie y nadie se para a hablar con ella. Simplemente se sienta, sola, en ese mismo banco cada día. Con la mirada tiesa, como si observase un recuerdo empozado en su memoria. Ay, Lubenya, Lubenya. Qué miraran esos ojos tristes al otro lado ¿en qué piensas? Sujetando el bolso pequeño entre los dedos, rasgando la tela con tus uñas largas ¿para quién te las pintas, Lubenya? Seguir leyendo “Lubenya”

El gato que se creía pájaro y quería volar.

Pobre desubicado. Que en vez de perseguirlos con sus zarpas aviesas se sienta y ronronea a su lado. Y se cree en realidad uno más de la bandada. Y no sabe nada. Que trepa a los árboles para unirse a ellos en su vuelo y ahí se queda varado, probablemente buscando sus propias alas. Seguir leyendo “El gato que se creía pájaro y quería volar.”

Dicen que no se amar

Dicen que no se amar, sólo armar sentimientos que ni siquiera son míos. Que robo jirones de los recuerdos, de las escenas que otros vivieron. Dicen que invento, que miento. Dicen que mis ojos cuentan otra historia cuando la sonrisa asoma en mi cara. Dicen, dicen que no sé sentir, que sólo juego a fingir sentirlo. Dicen que no soy real. Que nunca supe serlo. Seguir leyendo “Dicen que no se amar”

Dos jardines

Me pregunto cuánto tiempo les habrá llevado entender que estarían a salvo. Ahora son doce, o más, es difícil contarlos cuano se reunen en el jardín bajo mi ventana, maullando por comida a nadie en particular. Pero alguno tuvo que ser el primero. Un gato, o gata, valiente encontró este jardín, e hizo de él su hogar, a pesar del enorme perro que campa a sus anchas en el jardín vecino. Seguir leyendo “Dos jardines”

‘¿De qué te escondes?’ dijo el zorro avieso, con los colmillos aún goteando sangre. ‘No debes temerme, yo ya he comido’.

‘No me escondo’ respondió el topo desde el fondo de su agujero, allí abajo nadie podría ver cómo se relame la boca excitado, ‘sólo tomo impulso’. Y saltó directo a su yugular.

Pan sobre la mesa

‘Nunca había pan a la hora de comer’, eso dice siempre mi abuela, con un tono solemne, como si estuviera revelando una gran verdad. La noto en mi nuca, espiándome mientras tiro los restos del plato y un trozo de pan mordisqueado. Y lo suelta, ‘nunca había pan a la hora de comer’, y le sigue una diatriba inquebrantable mientras se agacha ante el cubo, coge el trozo, lo sopla y lo envuelve en una servilleta. ‘Ya me lo como yo luego’, se queja, y sigue con su perorata mientras desaparece hacia su cuarto. Seguir leyendo “Pan sobre la mesa”

No es el frío

No es el frio lo que te arrastra hasta unos brazos calientes, unos cualesquiera, aquellos dispuestos a recibirte ahora. Justo cuando más lo necesitas. No es el frío ese látigo que te empuja en cualquier dirección. Y qué es, preguntas, sin dejar de andar hacia ninguna dirección en concreto. Qué es, ese hilo que parece tirar de ti y de todas tus buenas ideas. Seguir leyendo “No es el frío”

Si no te pienso

Se me rompe un zapato en invierno, si no te pienso viva,

si te pienso, aunque sea un segundo, en otra realidad que no sea la mía.

Se me rompe en jirones el frío, y se me despega,

si no te pienso. Seguir leyendo “Si no te pienso”

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