Si la rosa se abriese un perfil social para polinizar, cómo sería. Hermosa, roja, sin espinas. Perfecta. Una rosa de manual. La rosa que todo florista querría tener en su escaparate, esa rosa. La que ves y dices, esa rosa dice amor. No puede decir otra cosa. Esa rosa, metirosa. Que por una erre no te quedas en mentirrosa y hasta suenas bonito. Porque de eso va este juego. De sonar hermosos. Lo que hace una solitaria letra, camvia el mundo. Sí, con uve, que así se deja ver más. Porque no es lo mismo cambiar que camviar. 

Ni siquiera debería poner la eme antes de la uve. Pero uno peca. Porque uno sabe, aunque finja no saber. Porque vivimos en el mundo del ojo que busca el error. Como si todos fuéramos perfectos. Como si todos nacieramos de fábrica con una eme antes de be y pe. Como si no se enseñara. Como si no se enseñara que una rosa debe ser hermosa, aunque cambie de nombre seguirá siendo una rosa. ¿Lo seguiría siendo, Shakespeare? ¿sería un cardo borriquero una rosa?

Nunca lo leí. La verdad. Lo sé por mero contagio cultural. No soy un bien sabido. Por dios, alguien que escribe camvia con uve no puede serlo. Soy un ignorante. Un idiota que se pregunta sobre rosas. Y ni siquiera me gustan. Soy más de tabaibas y margaritas, las flores que conocía de buena tinta. Flores no, plantas, plantas feas. ¿Lo eran? ¿feas? Unas las deshojábamos para encontrar a quien nos quería. Me quiere, no me quiere, me quiere. La otra, la otra era divertida, de asquerosa que era. La partías por donde fuera y lloraba esa sangre blanca. Pegajosa. Amarga.

Sí, blanca y pegajosa. Como si la planta hubiese aprendido a correrse en tus dedos. Qué zoes. ¿Verdad? Descubrir el sexo a  manos de una fea planta. Ni siquiera sabía su nombre. Euphoria balsamiera. Qué cosas, solo sabía de ella que al partir sus ramitas enqlenques obtenías sémen floral. Ahora sé que los guanches, los aborígenes canarios, la utilizaban como una suerte de pasta de dientes. Qué se aprende de algo terrible cuando investigas un poco. Aunque sea una tabaiba hedionda.

Porque sabe amargo y raro. Porque la planta no es bonita. Una tabaiba. A ver qué cara pones si alguien te llega en San Valentín con un ramo de tabaibas en lugar de rosas. Como si esa persona no hubiese aprendido que el amor tiene  nombres, y espinas, y es rojo. Que el amor se enseña. Porque se siente y hay que darle nombre. Y se le da nombre de rosa. El del amor verdadero, el de las películas, el de los libros. Ese amor que solo leémos.

Qué error. Cuando existen tantas formas de amar que se olvidan. Tantas flores que ser recordadas, admiradas. La orquídea de una madre, los anturios de una abuela, o los geranios. El cáctus de un padre, por qué no, a él le intrigaba su interior. O a saber. Tantas flores. Tantos amores. Y solo la rosa sale como la gran triunfadora. Esa rosa. Bien roja. Esa rosa. No puede ser otra cosa. La pobre. Qué pena me da. Que se cree única y hermosa, cuando hay un universo entero de flores más útiles, más divertidas, más preciosas. Que nunca son arrancadas y que crecen solas. Pero cuánto crecen, estas raras flores hermosas.

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