Cada mañana, lo primero que hacía Amira al salir de casa era correr calle abajo y calle arriba, por los callejones, el solar junto al supermercado, el parque malo antes del parque bueno. Todo eso hacía corriendo hasta llegar al colegio. Lo mismo hacía al salir. Y por las tardes al terminar las tareas, justo antes de la merienda.

Los fines de semana corría más. Desde el primer rayo de sol hasta bien pasado el último. Cada vez más rápido, cada vez más lejos. Y a medida que se hacía mayor más y más. Hasta perder su casa de vista, hasta no poder volver más. Buscaba, como una auténtica dequiciada, un rastro de magia en su mundo.

Un mundo que jamás inventó los espejos, ni los cristales, un mundo sin reflejos. Quizás, de haber existido, Amira no habría tenido que correr tanto. Pues pasó la vida corriendo, pasó la vida buscando. Y un día, cansada y sedienta de tanto buscar magia, cayó muerta al lago en el que pretendía saciar su sed.

Dejó de correr ese día.

Se ahogó.

Sin poder ver, en el reflejo del agua, las dos estrellas que tenía por ojos.

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