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Enciende tu imaginación: relatos, artículos, historias.

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Relatos

Estas raras flores hermosas

Si la rosa se abriese un perfil social para polinizar, cómo sería. Hermosa, roja, sin espinas. Perfecta. Una rosa de manual. La rosa que todo florista querría tener en su escaparate, esa rosa. La que ves y dices, esa rosa dice amor. No puede decir otra cosa. Esa rosa, metirosa. Que por una erre no te quedas en mentirrosa y hasta suenas bonito. Porque de eso va este juego. De sonar hermosos. Lo que hace una solitaria letra, camvia el mundo. Sí, con uve, que así se deja ver más. Porque no es lo mismo cambiar que camviar.  Seguir leyendo “Estas raras flores hermosas”

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Las teclas de mi teclado

Recuerdo cuando soñábamos como flores. Un sueño por pétalo. No cayeron marchitos pero algo pasó. Algo nos arrancó de ese suelo, ¿verdad? Ese suelo que estaba y no estaba, dejándonos anclados o lanzándonos al aire a placer. Ese suelo, lo recuerdo a veces. Era como un suelo primigenio, el suelo previo al big ban. Donde todo estaba a punto de pasar. ¿Y qué pasó? Me digo, me tecleo más bien, ¿y qué pasó?

No dejamos de soñar, eso seguro. Pero algo cambió, algo se perdió, como parecen haberse perdido las teclas de mi teclado. No me van algunas, parece poco importante, pero hay letras que se niegan a salir. Hay que apuñalar la tecla para que esta haga acto de presencia. ¿Sabes lo difícil que es escribir sin la g, la f, la e? A veces incluso los números, irónnicamente el 8 y el 6, mi año de nacimiento. Como si mi teclado intentara decirme algo. Decirme que está roto. Que ni importa cuántos años llevo aquí, que no importa lo que quiera decir. Que no eran más que sueños de una rara flor.

Recuerdo cuando escribía sin parar. Recuerdo ser flor, y ser más. A veces, ya no sé si recuerdo o si sueño recuerdos. A veces, me siento esa flor arrancada y a veces me siento como las teclas de mi teclado. Aporrreando la vida para dejar salir lo que siento.

Viajeros del tempo

Era un viajero del tempo. Tempo, que no tiempo. Pues no hay fe de erratas en lo que a esta ciencia se trata.Y no hay tiempo, sí, tiempo, que no tempo, para más pareados tontos, pues hacía mucho que no escribía y esto que atañe, sí, te atañe, me atañe, a todos, esto te interesa. Seguir leyendo “Viajeros del tempo”

Sonríe. El mundo se va a la mierda pero el selfie stick sigue en alto.

Esa melodía

Era de noche. Llovía. Cómo solo puede llover en una primavera en los países del este. Y un grupo de jazz inunda esa noche, esa lluvia, esa sala. Su música está viva. Golpea mi mente, la acaricia, la atormenta y la enamora. Como la vida. Y nacen los relatos que esperan en algún lugar para ser contados. Seguir leyendo “Esa melodía”

Amira

Cada mañana, lo primero que hacía Amira al salir de casa era correr calle abajo y calle arriba, por los callejones, el solar junto al supermercado, el parque malo antes del parque bueno. Todo eso hacía corriendo hasta llegar al colegio. Lo mismo hacía al salir. Y por las tardes al terminar las tareas, justo antes de la merienda.

Seguir leyendo “Amira”

De gatos y dioses

Cuando creo que todo está escrito ya, que todo está dicho, todo está pensado, me enciendo un cigarro y salgo al balcón. Hay un jardín allí abajo, siempre ha estado ahí también, no sabemos cómo se accede. Pero ellos sí. Los gatos que lo han convertido en su fortaleza. Cuando creo que todo está hecho, salgo a fumar y los observo un rato. Porque nadie más está viendo lo que yo, cada juego, cada gesto, cada movimiento es nuevo. Seguir leyendo “De gatos y dioses”

La hora del silencio

Lo tenía todo de mi parte. La escalera helada del metro, la hora del silencio al borde de la medianoche, la farola sobre nosotros. Él arriba del todo, a punto de bajar el primer tramo. Yo, abajo. Esperando el momento. Lo tenía todo de mi parte. El frío de fuera, el calor de dentro. La sonrisa, en mi cara, en su cara. A unos pasos. Un resbalón fortuito, mis brazos, sus brazos, y un encuentro de miradas. Solo necesitaba eso. Él bajaba, yo subía. Un aliento de hielo. Un latido asustado. Suyo o mío, quién sabe, cada vez es más difícil ser la muerte. Y sólo quedaba un maldito escalón entre los dos.

Si Pinocho dice que Dios existe ¿le crece la nariz?

Un católico: De ninguna manera.

Un ateo: Por supuestísimo que sí

Un escritor: Depende del trasfondo del personaje, su pasado, si se ha hablado o no de ese dios antes en la historia, si aporta algo al argumento. Seguir leyendo “Si Pinocho dice que Dios existe ¿le crece la nariz?”

Poesía escarlata

Me gusta salir a matar en días de lluvia. Convierten la escena en arte al instante. Me gusta observar a las chicas. De noche. Cerca de algún letrero de neón. Deben ser jóvenes, cuando sus pieles aún son un lienzo terso y suave. Me hipnotizan esas perlas de agua varadas sobre el metal de mi cuchillo. Tan quietas como sus pupilas cuando reparan en ella. Seguir leyendo “Poesía escarlata”

Déjame contarte un cuento

La princesa, que intercambiaba besos por mamadas, nunca fue buena haciendo negocios. Ella que quería ser dominatrix pero ni el cuero la abrazaba. Acabó abrazando el suelo, besando su propia sangre, mientras la última gota de heroína gotea de la jeringa. Ni siquiera estaba muerta. Y el ojo bueno lloraba ese hecho. El ojo malo, el del rímel corrido y la pestaña torcida, ese ya ni piensa ni se disgusta. Solo observa la última gota sostenida en la soledad de su aguja, quieta, etérea. Seguir leyendo “Déjame contarte un cuento”

Nueve minutos

−Háblame de Elsa Origoska −fue la primera y única frase que escupió.

El poli malo dice llamarse Sean o Shaun, es difícil saberlo con ese tono grave escocés. Lo que está claro es que que este es el poli malo. El bueno, Jim, había salido dos minutos y treinta segundos antes a por café (incluso me preguntó cómo me apetecía tomarlo, el muy imbécil). Seguir leyendo “Nueve minutos”

Llegas tarde

Llegas tarde a la vida, por andar sentado cuando todos corren. Llegas tarde a clase, cuando te detienes a divagar sobre la vida y la muerte ante un pájaro caído en el suelo. Y no aprendes como el resto. Y no podrás aprender como ellos nunca más. Seguir leyendo “Llegas tarde”

Página en blanco

No me da miedo la página en blanco, no, me asusta más el blanco de la nieve. La nieve en mis recuerdos. Jóvenes y viejos al mismo tiempo. Congelados, y vivos, en un tiempo atascado de mi memoria. Esa nieve que visito a veces, cuando más frío tengo. A esa nieve le temo. Esa nieve visito. Tratando de imitar esa sonrisa, entender esa lágrima suspendida en el hielo del tiempo. Tan pronto la veo, se va. El recuerdo, el sueño. Se va, todo. Y solo queda ese blanco. Como una página nueva donde escribir recuerdos. Y esa página, a esa página no puedo temerla.

Mitad madre, mitad puta

No he conocido en mi vida una furcia más descarada, que viene y me toca, y me atrapa, cuando menos la espero. Me seduce y me embarga. Aunque sea deleitándome con los restos de nieve que caen como meteoros de los árboles desnudos en este invierno tan de hielo, tan de otro país. O dándole caza a una luna tímida en una noche oscura. A veces me encuentra en el metro, con el cuerpo apretado entre una multitud ajena a mis ojos perdidos en el cristal, dando forma a las sombras de su reflejo. A veces se mete en mi cama, cuando ni el sueño ni el descanso parecen querer acostarse conmigo. Seguir leyendo “Mitad madre, mitad puta”

Borrones

Martin, que se miraba al espejo sin ver su reflejo. Un borrón y un dolor de cuello. Eso tampoco podía verlo, pero lo sentía. Como no podía ver cuánto la echaba de menos. Y bien que lo sentía. Echa el vaho en el cristal y pasa la mano con suavidad en un intento de limpiarlo. Nada. Sólo ese estúpido borrón. Un borrón y un dolor de cuello ¿es ese él mismo? ¿ese es Martín en el espejo? ¿su reflejo?

¿Dónde la habrá dejado? ¿por qué la extrañará tanto? No estaba en la cocina, ni en el baño. No había salido a comprar, ni a ver a una amiga, ni a casa de su hermana ¿dónde la había dejado? ¿dónde se había metido? Seguir leyendo “Borrones”

El dedal de Doña Elena

Tres dedales en la encimera. Uno de metal, uno de madera y uno de porcelana china, aunque este último nunca lo usó en realidad. Sólo fue un souvenir de algún lugar que jamás visitaría. Y aún en esas eran los tres tesoros más valiosos de Doña Elena. Moño de plata hasta el techo, el labio fruncido en una pose de arrugas imposibles. Pero más imposibles eran sus manos tersas a sus ochenta y siete años. Seguir leyendo “El dedal de Doña Elena”

Una relación extraña

Era una relación extraña, porque sólo podía tocarla en la distancia. Para verla una y otra vez a lo lejos. Proyectada en todo su esplendor, mágica y hermosa. Muda a veces y escandalosa a ratos. Ella que le hacía llorar y reír por igual, y siempre lo dejaba intrigado hasta el final. Era una relación extraña. Porque él la amaba y ella no se sabía dejar amar. Sólo exhibirse ante todos. Probablemente nunca supo cuánto la quiso, con qué tacto la cuidó, con qué ansias la esperó. Una y otra vez. Cómo la miraba entre bastidores, tímido y en silencio. Y ella, tan espectacular como siempre. Pagaría cualquier precio por verla de nuevo. Pero él no era como el resto. No necesitaba pagar por su presencia. Pues sólo él sabía cómo hacerla brillar.

Lubenya

Lubenya, la de las uñas largas que siempre lleva algún esmalte. Se sienta cada mañana en el mismo banco del parque. Y ya no se sabe quien sale antes, si el sol o ella. Lubenya, que se viste y se arregla cada mañana como si tuviera prisas por ir a alguna parte. No la ves dar de comer a los pájaros, ni acariciar a los chuchos que se le acercan a olerla, como si fuera un viejo monumento. Lubenya, la cara repleta de arrugas. Y no de sonreír, desde luego. No saluda a nadie y nadie se para a hablar con ella. Simplemente se sienta, sola, en ese mismo banco cada día. Con la mirada tiesa, como si observase un recuerdo empozado en su memoria. Ay, Lubenya, Lubenya. Qué miraran esos ojos tristes al otro lado ¿en qué piensas? Sujetando el bolso pequeño entre los dedos, rasgando la tela con tus uñas largas ¿para quién te las pintas, Lubenya? Seguir leyendo “Lubenya”

El gato que se creía pájaro y quería volar.

Pobre desubicado. Que en vez de perseguirlos con sus zarpas aviesas se sienta y ronronea a su lado. Y se cree en realidad uno más de la bandada. Y no sabe nada. Que trepa a los árboles para unirse a ellos en su vuelo y ahí se queda varado, probablemente buscando sus propias alas. Seguir leyendo “El gato que se creía pájaro y quería volar.”

Dicen que no se amar

Dicen que no se amar, sólo armar sentimientos que ni siquiera son míos. Que robo jirones de los recuerdos, de las escenas que otros vivieron. Dicen que invento, que miento. Dicen que mis ojos cuentan otra historia cuando la sonrisa asoma en mi cara. Dicen, dicen que no sé sentir, que sólo juego a fingir sentirlo. Dicen que no soy real. Que nunca supe serlo. Seguir leyendo “Dicen que no se amar”

Dos jardines

Me pregunto cuánto tiempo les habrá llevado entender que estarían a salvo. Ahora son doce, o más, es difícil contarlos cuano se reunen en el jardín bajo mi ventana, maullando por comida a nadie en particular. Pero alguno tuvo que ser el primero. Un gato, o gata, valiente encontró este jardín, e hizo de él su hogar, a pesar del enorme perro que campa a sus anchas en el jardín vecino. Seguir leyendo “Dos jardines”

‘¿De qué te escondes?’ dijo el zorro avieso, con los colmillos aún goteando sangre. ‘No debes temerme, yo ya he comido’.

‘No me escondo’ respondió el topo desde el fondo de su agujero, allí abajo nadie podría ver cómo se relame la boca excitado, ‘sólo tomo impulso’. Y saltó directo a su yugular.

Pan sobre la mesa

‘Nunca había pan a la hora de comer’, eso dice siempre mi abuela, con un tono solemne, como si estuviera revelando una gran verdad. La noto en mi nuca, espiándome mientras tiro los restos del plato y un trozo de pan mordisqueado. Y lo suelta, ‘nunca había pan a la hora de comer’, y le sigue una diatriba inquebrantable mientras se agacha ante el cubo, coge el trozo, lo sopla y lo envuelve en una servilleta. ‘Ya me lo como yo luego’, se queja, y sigue con su perorata mientras desaparece hacia su cuarto. Seguir leyendo “Pan sobre la mesa”

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