Cuando creo que todo está escrito ya, que todo está dicho, todo está pensado, me enciendo un cigarro y salgo al balcón. Hay un jardín allí abajo, siempre ha estado ahí también, no sabemos cómo se accede. Pero ellos sí. Los gatos que lo han convertido en su fortaleza. Cuando creo que todo está hecho, salgo a fumar y los observo un rato. Porque nadie más está viendo lo que yo, cada juego, cada gesto, cada movimiento es nuevo.

Uno se sienta al final de la escalera, en una pose arrogante, como su mirada cuando percibe mi presencia en el segundo piso. Nuestras miradas se cruzan un segundo, y me olvida. No soy tan interesante como los bichos que persiguen por el jardín a cada rato. Eso hace otro un poco más allá. Se queda sentado sobre sus patas, con los ojos clavados entre sus zarpas. Debe estar persiguiendo una mariquita, una hormiga o algo por el estilo. Y lo persigue por entre los arbustos donde apenas logra ocultar su presencia. No miden mucho más que el gato, y aún así se agazapa como un improvisado león persiguiendo gacelas imaginarias.

El gato arrogante tampoco le presta atención, como si supiera, muy dentro de sí, que su caza no le llevará a ningún buen destino. Un tercero pulula entre ambos. Parece buscar cariño y guerra a partes iguales. A veces me mira, como si fuera une extraño pájaro en lo alto exhalando humo por mi extraño pico. Le saco la lengua, él mueve las orejas, como si pudiera escuchar el gesto desde allí abajo. Y me ignora.

Igual creen que estoy atrapado aquí arriba. Igual no les importa. Igual creen que soy un dios caprichoso que se asoma a su baranda para ver si sus criaturas han sobrevivido al invierno. Sea como sea, no soy un bicho allí abajo. Algo que puedan cazar u observar, algo que puedan acercarse a estudiar. Para ellos yo también debo ser algo nuevo, algo extraño.

Me gusta salir al balcón cuando creo que todo está escrito, que todo está contado, solo para ver cómo nacen nuevas historias a cada segundo. Qué tontería, ellos me inspiran, ignorantes de lo valiosos que son para mi. De cuánto los aprecio en realidad. Ojalá supiera llegar a su jardín. Pero eso no les ayudaría. Allí son reyes y lo controlan todo, o eso creen. Allí juegan tener una vida que creen entender ¿quién soy yo para cambiar eso?

El cigarro se acaba, los gatos se esfuman y, asustado, miro al cielo, por si veo un extraño pájaro observándome desde lo alto.

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