Era de noche. Llovía. Cómo solo puede llover en una primavera en los países del este. Y un grupo de jazz inunda esa noche, esa lluvia, esa sala. Su música está viva. Golpea mi mente, la acaricia, la atormenta y la enamora. Como la vida. Y nacen los relatos que esperan en algún lugar para ser contados.

Obertura:

Como si las palabras tuvieran peso, densidad o volúmen. Puedo medir el amor en gramos más ligeros que el aire. El odio, en cambio, es toneladas de plomo que fracturan el suelo al caer. Y a veces amamos como si fuera un plomo aplastante. Y vivimos como si respiráramos el mismo odio.  Dejando caer las cosas por su equívoco peso. Rompiendo las leyes mismas del universo. Será que no hemos aprendido a medir bien el amor y el odio. Será que tanto se parecen, tanto aliementan y tanto matan por dentro a la vez, que ya ni los diferenciamos.

Puente:

¿Y por qué lo sigues haciendo? Es como el suicidio.

No, el suicidio te mata, esto solo te hunde lentamente en la miseria.

¿Y por qué lo sigues haciendo?

Por qué vive una tortuga tan lento, una liebre tan alterada ¿por qué viven las palomas a ras del suelo cuando tienen alas? ¿acaso conocen otra cosa?

Estribillo:

¿Podrá inspirarme en otro tiempo? ¿o solo será ahora? Como parece serlo todo. Ya. Un momento. Ahora. Y nunca más. Podrá ser que esta melodía nunca vuelva a ser la misma, que no vuelva a sentirla. De la misma manera, en el mismo momento. Como la vida parece medirse en ese segundo que desaparece. Me quedará el recuerdo. Un fiel mentiroso de lo que me gustaría volver a sentir. El vasallo de la vida, el recuerdo, que sin él todo sería la muerte misma de todas las cosas. Y con él ¿qué es con él? Sino un sueño inventado. Por vivir. Por no morir. Por seguir escuchando esa misma melodía.

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