Lo tenía todo de mi parte. La escalera helada del metro, la hora del silencio al borde de la medianoche, la farola sobre nosotros. Él arriba del todo, a punto de bajar el primer tramo. Yo, abajo. Esperando el momento. Lo tenía todo de mi parte. El frío de fuera, el calor de dentro. La sonrisa, en mi cara, en su cara. A unos pasos. Un resbalón fortuito, mis brazos, sus brazos, y un encuentro de miradas. Solo necesitaba eso. Él bajaba, yo subía. Un aliento de hielo. Un latido asustado. Suyo o mío, quién sabe, cada vez es más difícil ser la muerte. Y sólo quedaba un maldito escalón entre los dos.

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