Me gusta salir a matar en días de lluvia. Convierten la escena en arte al instante. Me gusta observar a las chicas. De noche. Cerca de algún letrero de neón. Deben ser jóvenes, cuando sus pieles aún son un lienzo terso y suave. Me hipnotizan esas perlas de agua varadas sobre el metal de mi cuchillo. Tan quietas como sus pupilas cuando reparan en ella.

Me quedo mirando la hoja de plata, con perlas de agua creando escenas únicas para mi. Es el orden, la armonía. Me gustan sus caras, ojos que no entienden el arte del miedo, la belleza del dolor. La poesía misma que es la vida y la muerte.

No saben lo afortunadas que son. Nací artista, lo llevo dentro. Cuando el metal quiebra esas pieles, siento la vida cantando para mi, escapando en un grito rojo que se funde en el suelo. La lluvia creando hermosos remolinos escarlata a mis pies, como si Van Gogh dirigiese mis trazos. Los colores nacen de la muerte, se funden, se mezcan y bailan en una noche de lluvia iluminada por el estridente del neón. Así me llaman, el asesino del neón. Pero que sabrán esos necios de arte ¿no es acaso una forma de hacer algo inmortal?

La imagen de sus cuerpos, de sus pieles y sus colores de vida y de muerte. Ojalá pudiera enmarcarlos pero ni una foto les haría justicia. Eso hay que verlo en persona. Hay que sentirlo. Es una obra de arte viva, incluso cuando mueren. Con cada suspiro, cada intento de lucha, cada patada al aire, los colores cambian. Más rojo, más negro, más lluvia. Ahogados por el silencio de una garganta rota. El cuadro vive mientras ellas mueren. Es pura poesía escarlata.

 

 

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