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Amira

Cada mañana, lo primero que hacía Amira al salir de casa era correr calle abajo y calle arriba, por los callejones, el solar junto al supermercado, el parque malo antes del parque bueno. Todo eso hacía corriendo hasta llegar al colegio. Lo mismo hacía al salir. Y por las tardes al terminar las tareas, justo antes de la merienda.

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De gatos y dioses

Cuando creo que todo está escrito ya, que todo está dicho, todo está pensado, me enciendo un cigarro y salgo al balcón. Hay un jardín allí abajo, siempre ha estado ahí también, no sabemos cómo se accede. Pero ellos sí. Los gatos que lo han convertido en su fortaleza. Cuando creo que todo está hecho, salgo a fumar y los observo un rato. Porque nadie más está viendo lo que yo, cada juego, cada gesto, cada movimiento es nuevo. Seguir leyendo “De gatos y dioses”

La hora del silencio

Lo tenía todo de mi parte. La escalera helada del metro, la hora del silencio al borde de la medianoche, la farola sobre nosotros. Él arriba del todo, a punto de bajar el primer tramo. Yo, abajo. Esperando el momento. Lo tenía todo de mi parte. El frío de fuera, el calor de dentro. La sonrisa, en mi cara, en su cara. A unos pasos. Un resbalón fortuito, mis brazos, sus brazos, y un encuentro de miradas. Solo necesitaba eso. Él bajaba, yo subía. Un aliento de hielo. Un latido asustado. Suyo o mío, quién sabe, cada vez es más difícil ser la muerte. Y sólo quedaba un maldito escalón entre los dos.

Nueve minutos

−Háblame de Elsa Origoska −fue la primera y única frase que escupió.

El poli malo dice llamarse Sean o Shaun, es difícil saberlo con ese tono grave escocés. Lo que está claro es que que este es el poli malo. El bueno, Jim, había salido dos minutos y treinta segundos antes a por café (incluso me preguntó cómo me apetecía tomarlo, el muy imbécil). Seguir leyendo “Nueve minutos”

El arte de escribir

Sobre el arte de escribir hay tanto escrito que es fácil perderse en mandamientos, consejos, claves, decálogos de lo correcto, normas de lo prohibido, eteces varios. Por eso rara vez leí algo antes de escribir, y es que comencé a los 17 supongo que por no disponer de otros medios más modernos para distraerme (creo que en aquella época era la Nintendo 64).

Y leía, más que ahora la verdad, y veía pelis del videoclub, menos que ahora, la verdad. Total, es caso es que pensaba en eso de escribir y decía: tiene que molar (esto fue mucho antes de pensar en profesiones ligadas a la escritura, ni siquiera pensaba que se considerase profesional escribir sino una suerte de genialidad que unos pocos estaban destinados a hacer). Seguir leyendo “El arte de escribir”

El color miel

Lo supe cuando te vi, o quizás fue después, cuando tus ojos no querían salir de mi cabeza. Eran sólo unos ojos, no es que no haya visto antes ese color miel en otros iris. Con ese tono bailarín que viaja del marrón al amarillo meloso según le de la luz, o la oscuridad, no lo sé bien. Sí, claro que he visto ese tono en cientos de ojos, no es algo tuyo siquiera. Y sin embargo lo es. Seguir leyendo “El color miel”

Griselda o cómo el gato parió un relato

Pongamos por caso, que había algo pequeñito, un niño, o una niña, para el caso lo mismo da. La cosa es que estaba jugando con un ovillo de lana, sí, en un salón. Era un gato, eso, un gatito, no importa el sexo, la verdad, la cosa es que tiene sentido que sea un gato lo que juega con el ovillo. Eso sí, era pequeño, una cría. Perfecto. Pongamos por caso, que había un gatito jugando con un ovillo de lana, y estaba en un salón. No, no, no, salones hay muchos, y de muchos tipos ¿de quién era el salón? ¿y el gato? Porque indudablemente tenía que ser de alguien. Seguir leyendo “Griselda o cómo el gato parió un relato”

Patricia a secas

Berildia Zeraqua se miró en el sucio reflejo del espejo jugando a tratar de adivinar su rostro tras la mugre y el oxido del viejo arritranco. Era la reina de Xefiria ahora, así que mesaba y peinaba su cabello en la trenza que los enamoraría a todos definitivamente. Qué podía haber más importante que su aspecto ahora que todo un reino alzaba su vista a palacio esperando con ímpetu el primer discurso de la nueva reina. Desde las aleidas del mundo subacuático hasta los veloces rapifagos de las praderas, incluso las feas botuldas del bosque oscuro estarían al tanto en sus enmarañadas bolas de cristal cargadas de magia negra. Todos esperaban a la gran Berildia y la reconstrucción de su reino. Todo estaba tan roto y ajado como su mismo espejo, supuso. Seguir leyendo “Patricia a secas”

El lado equivocado

Edhim nació en el lado equivocado del mundo, o eso decía siempre la abuela, cuyo nombre debía haberse llevado el polvo pues todos la llamaban bibi a secas, abuela en suajili. Bibi reunía a todos los hermanos antes de salir el sol para mandarles sus quehaceres. Los once debían echar una mano, desde el mayor con quince, Zayim, hasta la pequeña de seis dada. Como bibi, la más pequeña de todos se había ganado el sobrenombre de dada, hermana a secas. Seguir leyendo “El lado equivocado”

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