La princesa, que intercambiaba besos por mamadas, nunca fue buena haciendo negocios. Ella que quería ser dominatrix pero ni el cuero la abrazaba. Acabó abrazando el suelo, besando su propia sangre, mientras la última gota de heroína gotea de la jeringa. Ni siquiera estaba muerta. Y el ojo bueno lloraba ese hecho. El ojo malo, el del rímel corrido y la pestaña torcida, ese ya ni piensa ni se disgusta. Solo observa la última gota sostenida en la soledad de su aguja, quieta, etérea. Atrapada entre el cielo y la gravedad. Como ella. Qué bien había empezado su cuento, cómo se había torcido todo, y sin embargo no se acababa. Ella, su ojo, su gota de alma pinchada en la aguja.

Encontraron su cuerpo semanas después, a medio comer por los gusanos. Dirían que fue una rueca, y una bruja. Dirían lo hermosa que era, lo desdichada que fue. Ella no tuvo la culpa sino la vida que se le puso en medio. Pobre muchacha, pobre bella durmiente.

Anuncios