Sobre el arte de escribir hay tanto escrito que es fácil perderse en mandamientos, consejos, claves, decálogos de lo correcto, normas de lo prohibido, eteces varios. Por eso rara vez leí algo antes de escribir, y es que comencé a los 17 supongo que por no disponer de otros medios más modernos para distraerme (creo que en aquella época era la Nintendo 64).

Y leía, más que ahora la verdad, y veía pelis del videoclub, menos que ahora, la verdad. Total, es caso es que pensaba en eso de escribir y decía: tiene que molar (esto fue mucho antes de pensar en profesiones ligadas a la escritura, ni siquiera pensaba que se considerase profesional escribir sino una suerte de genialidad que unos pocos estaban destinados a hacer). Total, que la cosa parecía sencilla, tienes una idea, te sientas y la escribes. Más de cien páginas sobre un muchacho de (sorpresa) mi edad con problemas que (sorpresa) yo había tenido. Pero no era yo, era X, y además a X le pasaban cosas que a mí no me habían pasado pero (sorpresa) me habría gustado vivir.

JA todo un hito de ‘mi primera vez’. Después de ese nefasto e innombrable primer contacto pensé, escribe algo nuevo, algo que no se haya hecho, algo que demuestre mi supercreatividad original y desbordante y que impresione y conmocione al mundo entero (porque yo había sido conmocionado por varias obras y quería ser de esos que lo causaran). Establecí la fantasía y aventuras como mi género estrella (por eso de ser un friki). Pero esas historias tenían todas el mismo patrón, así que mis ‘héroes’ (hablando de patrones) tenían que ser una prostituta y un heroinómano que con la ayuda de su hermana con conocimientos sobrenaturales (tenía que haber magia, la magia mola), salvasen al mundo (a parte de bruja era lesbiana, rizando el rizo). Sip, pero no acababa ahí la cosa, además había una super banda de delincuentes de poca monta , los Cobra, que se estaban convirtiendo en los megavillanos controladores del mundo y de los que debían librarse antes de seguir con la trama inicial (ni siquiera recuerdo por qué estaban ahí, sólo que estaban relacionados con el heroinómano y su necesidad de redención). Y creé hasta nuevos dioses, energías y milongas para poder hacer que mi bruja lesbiana hiciera cosas guays.

Pero lo mejor de todo es que la prostituta era el eje central, y además era muy digna, muy valiente y muy todo, lo que no le impedía enamorarse del chico malo que no volvía a aparecer hasta el final porque se las pasaba oculto o en la cárcel. Como historia era un bodrio, pero me enseñó a estructurar, a navegar por diálogos y escenas, a no repetirme, a utilizar otras voces y pensamientos (dicho sea de paso la historia se me desbordó de las manos porque los personajes se empeñaban en hacer cosas que yo no tenía previsto, pero consideraba la historia un órgano vivo en sí y y no era quién para ponerle límites, ingenuo).

Segundo Round. Llegué a escribir dos de la saga!! Entonces crecí, y me bajé a la tierra y el hobby fue quedando en un segundo lugar. Y leí sobre escritura, y descubrí toda una compleja profesión. Y sin saberlo había cometido todos y cada uno de los malditos fallos que se especifican en todas partes. Y yo, con ese hilo de estupidez que me tira, dije, esto me gusta. Es difícil, es jodido, pero me encanta contar historias. Han pasado quince años desde aquella primera vez, y era un necio, un ignorante y un niño perdido, pero por belzebú cuánta pasión le ponía. Hoy en día se me amontonan las ‘tareas de verdad’ con mi trabajo de mentira de escritor. Y hecho de menos a ese chiquillo sin miedo a nada.

Ahora no sólo pienso en novelas, en historias que me hierven en la boca y en las manos esperando ser paridas (gracias al cielo que he ganado en paciencia para llevarlas a cabo). Y encima me pica eso del guión (de perdidos al río!). Hice mi pinito, que más bien fue un tallo, para un curso. Era un episodio piloto para una sitcom. No era original, no era innovadora, pero sabía que estaba medianamente bien escrita ¿por qué? Porque cogí tres grandes Sitcoms y las extrapolé a mi proyecto. Et voilá, hasta lo grabamos y todo. En una noche lo escribí, tenía la idea, tenía los personajes, solo necesitaba algunos gags que enriquecieran la trama. A día de hoy me sigue pareciendo un mal intento de plagio. Y si embargo una chispa de orgullo por haberlo visto pasar del papel a la pantalla (qué sensibles somos hasta con nuestros fetos mal paridos, si es que somos padrazos de nuestras criaturas por feas que sean, qué lástima).

Hace un par de veranos, empecinado en exprimir todas las posibilidades, me lancé a escribir un largo (cosa que ya había intentado pero terminé escribiéndolo en novela por pereza, PEREZA, me resultaba tan insoportablemente incómoda la estructura de guión). Y lo hice, un par de semanas dándole vueltas a la idea, otro par dilucidando escenas y otro par redactando. De ahí me quedé con el título, dos personajes y deseché todo lo demás! Deseando sentarme a hacerla después de haber pasado meses pensando por qué me chirriaba tanto la primera versión, la segunda y así hasta la cuarta. Esa historia quedó en el cajón de los olvidos, junto a tantas otras ¡tantísimas! Y no me arrepiento de nada.

¿Por qué expongo mis ridículos y mis torpezas con tanto descaro? Porque lo achaco al proceso creativo en sí mismo, cada paso y cada estropicio es un escalón más de aprendizaje (y haberlo leído en muchos blogs me ha animado a no pensar que tengo algún problema mental que no quiero reconocer). Pero sobre todo porque me he divertido con cada miserable cagada, porque he crecido, y porque sigo haciéndolo. A la espera de que un día lea algo que haya escrito y me conmocione a mí mismo de verdad ¡Qué divertido es esto de ser escritor sin serlo!

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