Hubo una época que me dio por monólogos. Mira tú. Y hoy quiero recuperar este ¡Espero que les divierta!

Loca, me vuelven loca, es que son tan ricos, ay, no puedo remediarlo ¡me encantan los animales! Bueno, es que son tan cariñosos, tan adorables, tan monos. Yo es que no puedo vivir sin una mascota a mi lado, no sé, es que llenan la casa. Haces unos años tuve a Martinica, era tan achuchable, tan juguetona. Le encontré medio muerta, la pobre, y no pude evitarlo, me la llevé a casa. Se puso tan grande y gordota. Bueno, la gente es que no entiende de amor a los animales. Los gritos que metió mi amiga Lucinda cuando le enseñé a Martinica, ‘aparta esa sucia rata de mi cara’, me dijo, desde luego, no la invité más a casa por supuesto. Con su hociquillo, y su cola larga y sus patitas. La quería mucho ¿eh? ya lo creo, pero es que era tan dependiente. Vale que comiese de mi plato y que le gustase dormir acurrucada en mi pelo, pero no entendía que a veces me gustaba estar sola en el baño. La veía tan sola, la pobre, que decidí traerle un amiguito, Poncho. Pero no hubo manera, la rata desapareció un buen día, que triste día, y Poncho no comió en una semana de la tristeza. Pensé, ‘a ver si ahora que Martinica se ha ido se me muere el gato también’.

Ay, los animales, son mi mayor debilidad, no puedo remediarlo. A Poncho lo bañé un día y desde entonces nunca fue el mismo. No sé que le sentó mal, si el agua, el champú o el centrifugado, pero quedó raro. Mi amiga Lucinda me dijo que porque no tenía un tigre como alfombra como todo el mundo. Pobrecito, mira que lo tuve allí en el salón varios días, pero alguno de mis vecinos se quejó de un olor nauseabundo, que sabrán ellos de olores, pobre Poncho. Estaba tan deprimida, la casa estaba tan vacía. Que alegría, que alegría cuando empezaron a asomar sus cabecitas las hijas de Martinica. Catorce, catorce eran. Y en seguida corrió la voz en todo el bloque, son más alarmistas. Y poco originales, los llamaron a todos plaga, yo que estaba haciendo una lista de nombres, en fin, eso tampoco ayudó, no. Nunca más las volví a ver.

Pero es que no sé vivir sin mis pequeños animalitos. Mi novio me compró un día una iguana, Lurdes, le puse. Le encantaba nadar en mi vaso de leche cuando era una renacuaja. Luego en la palangana, luego en la bañera. Y los del zoo llegaron un día a arrebatarme a mi pequeña Lurdes cuando nadaba en la piscina, y todavía tuvieron la desfachatez de multarme por tener un caimán africano en la piscina comunitaria. Si es que la gente no entiende mi amor por los animalitos.

Con lo de cariñosos que son, cuesta educarlos, sí, lo reconozco, pero todo lleva su tiempo. Y, oye, nosotros también tenemos que aprender sus costumbres. Sin ir más lejos yo aprendí con Toby que no hay darles la comida en la mano sino en un platito para ellos, normal que me arrancara tres deditos el pobre. Dijo el guardabosques que tratarían de recuperar mi alianza en cuanto encontraran al oso. Y la recuperé, ¿eh? y los deditos también. La gente forma un escándalo por nada. El otro día estaba en el parque paseando a Daisy cuando una vieja empezó a gritarme que la controlara que había golpeado a su chucho. Y yo le dije, ‘pero si aquí todos juegan con todos’. Y me contesta la muy bruja que sí, que aunque todos jueguen con todos el elefante podría aplastarlos. También me la quitaron, ay, soy más desgraciada. ¡Loca! Loca me vuelven los animales.

Lucinda me dijo que por qué no trataba con algo más pequeño y manejable. Pero la muy bruta dejó de hablarme de nuevo cuando le presenté a Rudy y Jazmin. Los pobres estaban aún desorientados y es normal que la atacasen al verla entrar tan de repente. Quién iba a pensar que Lucinda fuera alérgica al veneno de los escorpiones. No tuve noticias de ella en meses, y cuando aparece, la muy canalla, me demanda. Una indemnización tuve que pagarle, porque, según el juez, haberla dejado en coma era motivo suficiente. Arruinada y sin mis pequeños me quedé. La verdad que me sentía mal por Lucinda, y le mandé un regalo a ver si se le pasaba el enfado. Pero que mala pata, hija, también era alérgica a la serpiente cascabel. Es que así una nunca sabe qué regalar, ya.

Tuve que mudarme, no paraban de asediarme, que si asesina por aquí, asesina por allá, como si lo hubiera echo a posta, (y encima la serpiente quedó huérfana la pobre). Mi mejor amiga, ay, fue como perder a Martinica de nuevo. Estaba tan mal, pero tan mal, me fui a la costa a ver si el mar me conseguía calmar, en una casita cerca de la playa. Pensé, esta vez no voy a meter la pata, voy a coger un mamífero que parece que todos les tienen más cariño. Dolphi el delfín, ay, que juguetón que era. Y esta vez no había riesgo y sabía que a todo el mundo le gusta ver cómo juegan con la pelotita y dan saltitos. Claro que lo que yo no sabía era que a parte de jugar con pelotitas también les gustaba jugar con cabezas, bueno, ni eso, ni que los delfines se parecían tanto a los tiburones. Pobre Dolphi, tuvo que morder tanto y nadar tan fuerte para poder escapar. Ni siquiera me dio tiempo a despedirle.

Me dije, no volveré a perder una mascota o me volveré loca. Ay,¡loca! loca me vuelven a mí los animales. Pero es que tengo una mala pata, no me duran un asalto. Y me dije, búscate uno tranquilito, mujer, ay, así llegó Pepa, la tortuga. Bah, dije, esta, imposible que vaya muy lejos y que ataque a nadie. Éramos tan felices, le gustaba que me limara lo callos de los pies en su lomo, le gustaba tanto. Eso y tomar el sol, se quedaba, vamos, quietesica, quietesica. Así estuvo dos meses, quieta. También podían haber especificado en la tienda que era una tortuga marina. Pero estaba ya tan hecha al mundo acuático que no lo pude remediar, me compré una pecera. A ver si así me olvidaba de Pepa. Me compré tres, más bonitos, como ya estaba harta de memorizar nombres les puse Junio, Julio y Agosto. Un día sólo quedó Junio, vaya, y yo que pensaba que mi jefe era el único que recortaba vacaciones. Ay, eran tan activo, y se comía un pollo enterito él solo. Bueno, pollos, conejos, terneras. Mira que me gustan los animales pero tuve que quitar la piraña también, no veas cómo dejó al chiuaua de mi novio. Claro, era siempre tan curioso.

Caí en depresión, normal vaya, con tanto martirio y tantas perdidas. Empezaba a sentirme hasta gafe, fíjate tú. El psicólogo me dijo que no era culpa mía, que sólo tenía que buscar animalitos más corrientes. Corrientes, ja, compré uno y me provocó una sobrecarga en el piso. Yo es que la veía tan apagada que intenté recargar la raya en el enchufe, pero se ve que no funcionaba así la cosa. Estuve a oscuras, puaf, un mes entero. Gracias a las luciérnagas. Ay, parecían pequeñas haditas, preciosas. Compré doce, pa que iluminasen bien. Y eran, eran, en unos días tenía haditas en el dormitorio, haditas en el salón, en el pelo, en el bolso, en el armario, en los zapatos. El doctor dijo que era el primer caso de intoxicación por luciérnagas que se encontraba, no veas que curiosas se veían a través de la radiografía. Y hala, adiós a mis pequeñas hadas también.

Que desdichada he sido con los animalitos, pero que loca ¡loca me vuelven! Bueno, mi psicólogo ya no me recomienda animales, me receta pastillas, dice que no, que los animales no me vuelven loca, que eso ya estaba de antes. Es más cachondo. Loca yo, loco está Micho, mi última mascota. Ay, era tan majo. Pero ese sí que estaba loco, y mira que a mi me gustan los animales. Le sorprendí arañando el sillón, y le dije, ‘Micho malo’. Lo siguiente que recuerdo es estar entubada en el hospital. La enfermera aún se preguntaba cómo pude ser atacada por un tigre de bengala en plena costa. Ay, que desdichada he sido con lo que los quiero. Y ahora coge, y me dice mi novio que en lo que estuve ingresada compró una mascota, pa animarme. Cuando llegué a la casa y lo vi, con lo que soy yo pa los animales ¿eh? pero que cosa tan asquerosa, ay, quita, quita, horrible,era, buf, tuve pesadillas unos días con él. Menos mal que le convencí de quitar al perro, ay, ahora estoy más tranquila. Y a la espera de mi siguiente mascota porque es que, ay, loca me vuelven los animales ¡loca!

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