Sofia, Bulgaria, 2017. Haciendo un Servicio de Voluntariado Europeo. Como cualquier otro buen ciudadano de la Unión Europea apliqué para participar en uno de estos proyectos que promueven el intercambio cultural, la integración, la experiencia entre distintos países de los estados miembros.

Esta mañana, ahora mismo, me preguntan, por quinta vez en seis meses, por mi tarjeta de identidad en el metro. No le daría tanta importancia cualquier otro día, en cualquier otro momento. Pero es la quinta vez que me lo piden, y todas esas veces viajaba sin la compañía de los otros voluntarios. Y no es lo único. Me paran más que al resto en los aeropuertos, escudriñan mi cara y mi pasaporte durante siglos en las ventanillas, me acosan con la mirada si entro en una estación de tren o autobuses, algunos taxistas se niegan a recogerme directamente. El detector de metales siempre suena, aunque sepa con certeza que no llevo ni un miligramo de metal en el cuerpo. Será que tengo un corazón de hierro o un alma oxidada, porque siempre suena. Soy el blanco perfecto de los guardias. Cada vez que viajo solo en metro, sin la salvaguarda de mis compañeros, me paran, me piden mi tarjeta de identidad.

Mi identidad violada por sus prejuicios. Se quedan mirando la tarjeta, del documento a mi cara. Él me juzga, y todos a mi alrededor lo hacen. No importa lo que pase a continuación. Ya he sido juzgado. Todos me consideran culpable. Solo por el color de mi piel. Un país europeo, en 2017. Y me veo deseando poder esconder el color de mi piel, como escondí mis deseos por otros hombres hace tanto tiempo.

Me piden mi tarjeta de identidad y al poco respiran aliviados al ver que soy español. ‘Que enga un buen día’, me dice en un idioma que no entiendo, y no quiero entender. Pero mi identidad violada llora en rebeldía. Porque me siento aliviado yo también. Como si realmente tuviera que demostrar algo, ‘soy de un país inocente, un país amigo, no se preocupe, estoy de vuestro lado’.

¿Y si no lo estuviera? ¿y si mi tarjeta de identidad no consiguiera salvarme de ser culpable? ¿cómo me sentiría? Culpable de tener otra piel, otros rasgos, de haber nacido bajo una bandera que a todos aterra. Yo, con mi idetidad inocente, me siento lleno de rabia e impotencia ¿sería capaz de vivir con ese sentimiento día tras día?

Ya os lo digo yo. No. Me ocultaría tras un turbante o un velo, no saldría de casa, no sería amable con la gente nunca más. No ayudaría a esa señora con el carro de la compra en las escaleras, no ayudaría al señor con su equipaje, ni le cedería el asiento en un transporte atestado. No haría nada de eso, porque ya sería culpable, de haber nacido en el lado equivocado.

A veces me pregunto si mis ganas de ayudar a otros y comportarme como un cívico ciudadano es realmente porque quiero ser buena persona o porque debo demostrar con más ahínco que el resto que se equivocan. Que mi color no me hace mala persona. Que mi país no me hace mala persona.

Después de ser interrogado por el guarda del metro y ser sacrificado en el juicio del resto de viajeros que esperaban a mi lado, una señora parecía necesitar ayuda. La pedía en Búlgaro, me lo pedía a mi. La odié un segundo, como parecen odiarme ellos, y luego sonreí y traté de ayudarla. Aunque ni siquiera hablo su lengua. Porque me asusta más que un día ellos ganen, y no la odie solo un segundo. Que no sepa salir de ese sentimiento. Todo eso ha pasado esta mañana, en el efímero momento antes de entrar a la oficina.

Si alguien como yo, con su identidad inocente, se siente atrapado, juzgado constantemente ¿qué horrores sentirán aquellos que no tienen una identidad como la mía? ¿qué sentirán aquellos a los que las noticias y los posts compartidos a diestro y sieniestro los convierten en identidades asesinas? Amin Maalouf ya las llamó así hace veinte años ¡veinte! Y siguen existiendo.

Hoy me desean los buenos días y me devuelven la tarjeta de identidad. Mi salvación. Mi escudo. Y un miedo me atormenta, ¿qué pasará el día que lo olvide en casa, el día que no la lleve encima? Quién me salvará de ser culpable ese día.

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