Eran las siete cero cero cuando partimos. Apenas llevábamos agua, algo dinero y la ropa que vestíamos. Así lo habíamos decidido, para andar ligeros y frescos, pues sabíamos que largo sería el camino. Nos despedimos de la abuela al poco de que asomasen los primeros rayos de sol, ella no podía venir, entre sus rodillas, sus caderas y sus otros huesos rezagados, jamás conseguiría atravesar ni los primeros metros. Ella nos deseó suerte, nos besó y nos despidió con la alegría del que sabe que es para mejor.

A medida que emprendíamos el camino, podíamos ver a más y más grupos avanzando, más rápidos, más cautelosos, pero todos en la misma dirección. Una en la que se hace difícil saber de qué huyen o hacia qué corren. Grupos de amigos, familias, vecinos, todos se saludan atravesando sendas, árboles y carreteras. Algunos toman atajos por entre las montañas, otros prefieren vías más lentas pero más seguras. Qué importa, todos van al mismo lugar.

La mañana se convierte en un abrasador mediodía, con el sol en su punto más alto, con su luz en su estado más hiriente. Nos protegemos con gorras, bajo las sombras que vamos encontrando equidistantes a lo largo del camino. De tanto en cuando alguien saca una botellita de agua y todos nos paramos a beber. Somos conscientes de la importancia de mantenernos hidratados. Los estómagos empiezan a sonar, como si supieran que hace rato que es la hora de almorzar y aún no nos hemos llevado nada a la boca desde que salimos. Tratamos de acallar sus sonidos con nuestras risas y nuestras voces, buscando otras distracciones en las que centrarnos.

 A medida que nos acercamos, más y más gente se amontona en la calle. El pavimento queda sepultado por las cientos de cabezas que se agolpan a la entrada. Nuestros pies arden allí abajo, los músculos encendidos también en fuego, nuestras gargantas secas y nuestros estómagos apretados. Todos aquí deben sentirse igual. Pero todos sonríen y pasean, como si no hubieran recorrido un largo trecho para llegar.

Entonces me detengo a tomar aliento en un banco de piedra. Estoy con mi familia, todos sonríen y hablan mientras piensan en los bocadillos que vamos a devorar en unos minutos. Estamos todos bien. Estamos todos felices por haber llegado. Todos menos la abuela, ella jamás lo habría conseguido. Pero eso no me entristece. No. Porque la abuela está tranquila, en casa, esperando que lleguemos de la caminata que año tras año cientos de personas realizan rumbo al municipio de Teror, a ver a la virgen del Pino y pedirle por sus deseos y sus sueños, y agradecerle por los que se han cumplido.

Apenas han sido unos trece kilómetros, un par de horas de caminata. Yo no soy creyente ni encomiendo mis deseos a nadie más que a mi mismo. Pero voy porque van todos, en familia, y es divertido. Esa es mi tradición. Y algo me estremece por dentro. Pienso en otras caminatas, no de trece sino de cientos de kilómetros. Y en otras personas, no van a otro municipio dentro de su país sino a otros países, porque de quedarse en los suyos morirían. Pienso en esas personas, en cuando llegan a un lugar donde reposar sus miedos, y me pregunto ¿cómo los calmarán? Porque no tienen casa a la que volver, y si han dejado una abuela atrás, probablemente nunca más la vuelvan a ver.

Y lloro. Sí. Un llanto sin sentido, porque ni resuelve ni alivia, sólo sale sin más. Miro a mi familia, comprando bocadillos y buscando una sombra donde comerlos tranquilos. Sé que volveremos en unas horas a casa, que me ducharé y podré ver una película o leer un libro o tumbarme en la cama a mirar el techo de mi habitación. Sé que volveré. Y la idea de no poder hacerlo, la idea de no tener a donde volver ni a donde ir, me estremece.

Comemos los bocadillos y brindo en silencio, para mis adentros, por los más de cincuenta millones de personas que nunca podrán volver. Y aunque no sea creyente, rezo a nadie en particular para que encuentren un lugar y puedan detener su caminata. Y, con suerte, encuentren un sitio que volver a llamar hogar.

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